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Viernes 27/01/2023  

Lo que queda del día

Los niños que no podrán ver las estrellas

Hablamos de arrebatarle a nuestros hijos, sobrinos y nietos un elemento más de fascinación del mundo en el que vivimos, del mundo que les dejamos

Publicado: 21/01/2023 ·
17:42
· Actualizado: 21/01/2023 · 17:42
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  • Bajo las estrellas. -
Autor

Abraham Ceballos

Abraham Ceballos es director de Viva Jerez y coordinador de 7 Televisión Jerez. Periodista y crítico de cine

Lo que queda del día

Un repaso a 'los restos del día', todo aquello que nos pasa, nos seduce o nos afecta, de la política al fútbol, del cine a la música

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La primera vez que presencié la lluvia de las Perseidas fue una madrugada de agosto de 1994 en Zahara de los Atunes. Bajo la oscuridad, miras al infinito y ejerces de cazador de deseos: uno por cada estrella fugaz. Esa noche juegas con ventaja, aunque más que llover, chispea, pero eso no ha impedido que el fenómeno se haya hecho cada vez más popular. 

Hace unos veranos estuve en un paraje agrícola próximo a Jerez en el que cada año se concentran decenas de familias -casi una peregrinación ¿estelar?- con sus neveras, sus sillas de la playa y sus rebequitas, para disfrutar del espectáculo en medio de un ambiente de cine de verano con pantalla gigantesca en el que predominan los rostros de asombro de los niños.

Lo sé porque yo también viví ese mismo asombro mucho tiempo atrás, cuando aún estaba en el colegio y quedé en mitad de la noche con varios compañeros de clase para subir a lo alto de un cerro, con unos prismáticos a mano, para saludar al cometa Halley -fue todo un acontecimiento mundial-. No éramos los únicos, y entre todos dimos con su estela en mitad del firmamento. La próxima vez que venga de visita a la Tierra, en torno a 2061, los niños de entonces tendrán más difícil localizarlo en el cielo; incluso las propias estrellas, a causa de la contaminación lumínica que emana de las luces artificiales de todas las ciudades del mundo.

Según un estudio publicado esta semana por la revista Science, el 83% de la población mundial tiene cielos nocturnos contaminados. A este ritmo, un niño nacido ahora en una ciudad donde son visibles cada noche unas 250 estrellas, solo podrá localizar un centenar cuando llegue a la mayoría de edad. Y si cumple los 80 años, quizás solo pueda ver las cinco más brillantes cuando levante la vista al cielo.

El diario El Mundo aportaba a su vez las investigaciones de la Fundación Starlight, que se encarga de certificar la calidad de las áreas con cielos más oscuros en nuestro país, donde parece que jugamos con ventaja dentro del continente. Pese a todo, apuntan que “muchos niños y jóvenes que viven en ciudades no han podido ver la vía láctea”, y “dentro de poco tendrán que viajar a lugares remotos para verla”.

El estudio de Science supone una alerta en favor de la comunidad científica y, en especial, de los astrónomos, que han visto dificultada su labor y no encuentran nuevos lugares apropiados para estudiar la atmósfera y los cuerpos celestes, pero, en el fondo, habla también de arrebatarle a nuestros hijos, sobrinos y nietos un elemento más de fascinación del mundo en el que vivimos, del mundo que les dejamos.

Tendemos a caer en la autoafirmación -que es casi como caer en el error-, de que cuanto hemos vivido y experimentado está muy por encima de las expectativas de las generaciones que nos suceden; o que nuestras actitudes y nuestra madurez de entonces también superan con creces las que vemos ahora entre los más jóvenes. No solo eso. Presumimos de cómo éramos con sus edades, cuando no existían los móviles, cuando improvisábamos un campo de fútbol en el solar de alguna calle, cuando solo podías elegir entre dos canales de televisión, cuando no había necesidad de hacer botellona, cuando te ibas a la biblioteca para documentarte sobre un trabajo de ETA o la Segunda Guerra Mundial, cuando te comprabas un disco y te aprendías todas las letras y quién tocaba cada instrumento en cada canción, o cuando recibías o enviabas cartas por correo.

En realidad, todo eso no tiene por qué ser ni mejor ni peor a cómo se vive actualmente, de la misma forma que podemos añorar cierta forma de vida en la España del Siglo de Oro o en las grandes llanuras del Oeste. No por eso somos mejores o más privilegiados, pero sí debe ser compromiso de todos que los jóvenes sigan disfrutando del privilegio del baño en un río, o de un invierno y un verano sin tremendismos, igual que de una noche con estrellas a cielo abierto, para que así puedan entender a Cornelia Locke cuando recuerda a Eli Whipp en The English: “Estaba escrito en las estrellas. Y nosotros creíamos en las estrellas. Tú y yo”.

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