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Martes 07/02/2023  

El monstruo de Medina Sidonia

El 29 de febrero de 1736 nació en Medina Sidonia un infante monstruoso que tenía dos cabezas, dos cuellos, cuatro brazos, pero solamente un tronco y dos piernas

  • Parroquia de Santa María, existente en la época del extraordinario suceso
En algunos artículos anteriores me he referido al monje benedictino Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, que con todo merecimiento encabeza la lista de los eruditos españoles y que inició el movimiento enciclopedista de nuestro país.

Vuelvo hoy a este personaje inagotable, para mencionar un suceso que relata en sus Cartas Eruditas y Curiosas y que se corresponde con la Carta número Seis, del Tomo Primero.
Contesta el padre Feijoo a una consulta que se le hace y a lo que parece, sobre un tema que llena de honda preocupación a quien la formula.
Tiene el ilustrado por costumbre no transcribir las cartas que contesta, ni decir a quien va dirigida, que haría su respuesta más comprensible, y más sencillo el hacerse cargo del tenor, el interés o la preocupación que la carta inspira, pero el sabio benedictino es tan prolijo en sus contestaciones que, al final, se acaban entendiendo las razones que inspiran al consultante.
En este caso se hace referencia a un extraño suceso ocurrido en la localidad gaditana de Medina Sidonia, el 29 de febrero de 1736. Ese día, nació en nuestro vecino pueblo, un infante monstruoso que tenía dos cabezas, dos cuellos, cuatro brazos, pero solamente un tronco y dos piernas. La descripción del monstruo inclina a Feijoo a denominarlo "Bicipites", de dos cabezas, y no "Bicorpóreo", como hubiera sido en el caso de que, además, hubiese tenido los dos cuerpos correspondientes.
En el momento del parto y como quiera que ya el embarazo se había presentado muy complicado, rodeando a la madre, se encontraban la comadrona, miembros de la familia y quizás un sacerdote presto a intervenir, los cuales veían con estupor la dureza de aquel alumbramiento. Temiendo por la vida del que iba a nacer, así que asomó primero un pie, lo bautizaron según el ritual católico, vertiendo el agua bendita sobre la única parte del cuerpo que era expuesta a la vista.
Nadie podía sospechar cuales eran las razones de aquella complicación, pero lo cierto es que la criatura no acababa de salir a la luz. En el trance, la madre murió y no pudieron sacar al infante si no a base de fuerza bruta. Una vez la criatura en el exterior, comprueban aterrados que se trata de un verdadero monstruo de la naturaleza y que ha fallecido.
Esta circunstancia obliga a formularse dos preguntas que el insigne monje define como filosófica, la primera y teológica, la segunda. Hoy serían quizás superfluas, sobre todo la teológica, en cuanto a la primera, crearía una situación extraña dentro de la ciencia jurídica, que si bien consideraría al infante fallecido con los beneficios inherentes al "nasciturus" -el que va a nacer-, no le daría carácter de persona al no haber vivido veinticuatro horas enteramente desprendido del claustro materno. De cualquier modo, pienso que nadie llegaría a plantearse la duda en los términos en que se hizo siglos atrás al inquirir, primero, si se trata de una o dos personas y si en el caso de aceptarse esta segunda teoría, si ambas podían considerarse bautizadas.
Antes de enterrarlo, "el doctor don Ramón Ohernan, médico y don Pedro Rodríguez Flores, cirujano", hicieron una especie de autopsia que detallaron por escrito y de la que Feijoo hace referencia al decir, halagando a estos profesionales: "que por medio de la disección hallaron dos corazones, dos ásperas arterias, duplicados los pulmones, &c. De modo, que cada una de estas entrañas no estaba complicada, unida, o confundida con su semejante, sino separada, y bien distinguida". (Así en la Carta Sexta).
En este punto Feijoo lo tiene muy claro y lo expresa con su lenguaje docto y directo, viniendo a decir que las vísceras u órganos que señalan la unidad o duplicación son dos: el corazón y la cabeza. En este caso la cosa estaba clara; había dos cabezas y otros dos corazones, pues por consiguiente, había dos personas y por tanto dos almas.
Pero lejos de disipar las dudas respecto a la segunda pregunta, él añade un nuevo interrogante que es muy evidente, pero tremendamente retorcido. Lo hace al establecer si se puede considerar que las dos almas resultaron bautizadas al hacer el aspergio del agua bendita sobre el pie derecho, que es el que asoma del cuerpo materno, o si por el contrario, solamente quedaría bautizada la correspondiente a la parte derecha del cuerpo o, y aquí introduce el enigma, ninguna de las dos.
Y es que hace falta querer dar vueltas a todo, cuestionar lo innecesario y, sobre todo, hacer del bautismo cuestión trascendental en la vida de las personas. Eran otros tiempos, otras mentalidades y otras prioridades. La religiosidad de la población española estaba por encima de lo común, pero ni aun así se justifica ese acendrado interés en conocer a quién haya alcanzado la gracia bautismal sobre el cuerpo de un infante monstruoso, que no llegó a la vida exterior y se llevó con él la de su madre.
Inquieto por la responsabilidad que le cae encima y viéndose en la necesidad de condenar al Limbo a una de las dos almas, cuando no a las dos, hace consulta entre teólogos y eminentes sacerdotes, entre los que observa una marcada tendencia a querer entender que, como la voluntad del Ministro era la de cristianizar a lo que por nacer estaba, habían de entenderse, con espíritu y caridad cristiana, que a ambas almas alcanzó la gracia del Bautismo.
Dice Feijoo, y en eso lleva razón, que siguiendo el ritual del primero de los Sacramentos, el oficiante, emplearía la formula litúrgica al uso en la época. Eso, unido a que se creía que era una sola persona la que estaba a punto del alumbramiento, implica forzosamente que el diácono formularía el "Ego te baptizo", porque en aquel momento, cavilar sobre pluralidad de seres hubiese sido tan extraordinario como impensable.
Cuando se bautiza o absuelve a multitudes, cosa que la Iglesia ha hecho en muchas ocasiones, es norma conocida que el oficiante debe decir la formula: "baptizo vos" o "absolvo vos". Con razón piensa que, el que a pie juntillas cree en la eficacia de los Sacramentos, ha de seguir a ciegas la finalidad que éstos pretenden y que por tanto, si el oficiante recita la frase referida a una persona, es a una y sólo a una, a quien bautiza. Sin embargo, la fórmula de bautismo hubiera sido válida para las dos personas que conformaban aquel cuerpo, si hubiera sido al modo "ego baptizo", porque así, no se determina a quien va dirigida.
Por tanto, si el Ministro se dirigió a una persona, a ésta solamente afectó la gracia bautismal, quedando la otra camino del Limbo.
El monstruo de Medina tenía dos cabezas, dos cuellos, un tronco y dos piernas. Las ambas cabezas estaban conectadas a la espina dorsal y a través de esta, la médula llegaba hasta la parte en que se ramifica para enervar a las piernas. Por tanto, de ambas cabezas fluían los nervios que llegaban conjuntamente hasta muslos, piernas y pies, lo mismo que las almas de ambos corazones y cabezas, llegaron hasta las extremidades inferiores. Esta curiosidad la toma Feijoo de una persona a la que él mismo cataloga como insigne "Gaspar de los Reyes", y del que he hallado una exigua documentación que lo ubica en el tiempo y el espacio. Este insigne personaje, trabajó como cirujano en el Hospital de San Juan de Montesclaros, en Veracruz, Méjico, con anterioridad a 1669, fecha en la que se comunica su fallecimiento y la propuesta de su sucesor por Fray Alonso de Ayala, superior de la Orden de los Hermanos de la Caridad que regentaba el citado Hospital. Gaspar de los Reyes, que podría haber sido un fraile de la mencionada orden religiosa, lo que ayuda bastante para explicar por qué conocía Feijoo de su existencia y de su obra, había descrito, tiempo atrás, al monstruo de dos cabezas de Northumberland, condado norteño de la Inglaterra medieval, en la frontera con Escocia. Se basa su parecer en una teoría sumamente curiosa y es que, de hacer daño en los pies, ambas cabezas manifiestan sentir el dolor y lo expresan a través de los gestos de sus caras y los sonidos de sus bocas, pero si el daño se hace en las partes del cuerpo separadas, cada una, por su lado, expresa su manifestación dolorosa y no la que se le infiere a la otra parte.
Luego de numerosas disquisiciones, algunas como mucha lógica y sentido común, otras plagadas de imprecisiones y consideraciones superfluas, el ilustrado benedictino concluye su carta recomendando a los Ministros de la Iglesia que, cuando se vean en una situación como la descrita y hayan de realizar el Sacramento del Bautismo, lo ejerzan sobre una de las cabezas, empleando la formula tradicional de: "Ego te baptizo, in nomime Patri…" y luego, dirigiéndose a la otra cabeza, es decir, al otro individuo, repita exactamente la formula litúrgica, agregando: "si non est baptizatus".
Y así, sin resquicio alguno sobre la eficacia sacramental, queda todo solucionado para el futuro.
Espero que este artículo haya introducido en los lectores, una mínima muestra del interés que despierta la figura del padre Feijoo, cuya lectura resulta extraordinariamente instructiva y que recomiendo encarecidamente. Por fortuna, a día de hoy, no es necesario adquirir ni tener en casa ni El Teatro Crítico Universal, ni las Cartas Eruditas y Curiosas, ambos están en Internet y se pueden descargar con suma facilidad, basta consultar este enlace: http://www.filosofia.org/bjf/bjft000.htm para el Teatro Crítico y este otro: http://www.filosofia.org/bjf/bjfc000.htm, para las Cartas Eruditas y Curiosas.
Soy de los que piensan que la erudición que el benedictino rezumaba, le hizo convertirse en una persona de extraordinario calado intelectual, con el que seduce a sus lectores, pero, y aquí me separo de algunas corrientes de pensamiento, creo que la literatura española, incluso la universal, se ha perdido a un magnífico escritor que nos hubiera deleitado con obras de su originalidad, pues al leerle, se llega a la conclusión de que tan bien conoce y medita sobre los temas de los que trata, como mejor los expresa en sus escritos. Quizás hubiese sido mejor literato que erudito si hubiese escrito novela, poesía o teatro.

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