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Martes 09/08/2022  

Desde la Bahía

Síndrome postcrucifixión

María, la Virgen Madre, que vivió la realidad del sufrimiento de su hijo, no se muestra ahora preocupada

Publicado: 17/04/2022 ·
21:07
· Actualizado: 17/04/2022 · 21:07
Autor

José Chamorro López

José Chamorro López es un médico especialista en Medicina Interna radicado en San Fernando

Desde la Bahía

El blog Desde la Bahía trata todo tipo de temas de actualidad desde una óptica humanista

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Redoble de tambores y notas musicales comienzan su hibernación anual, tras la intensa vibración que han soportado sin debilitarse, ante el vigor que la efeméride exige, durante una semana. Los instrumentos siempre responden con fidelidad al esfuerzo que se les obliga. En ello se diferencian de los organismos vivos.

Cedido el tumulto, los templos tan asediados por la multitud creyente/curiosa, en los pasados días de lluvia, regresan a su silencio. Los bancos de las Iglesias soñarán como los empresarios de los cosos taurinos, con el día en que su aforo se cubra totalmente. Pero los dedos de las manos serán más que suficientes para contar las personas que acuden a rezar el rosario. Se ensalzará de los templos su belleza exterior, sin ponerle aprecio al interior, que igual que en el amor, es donde están las cualidades que lo hacen eterno. Cristo el resto de las semanas del año alcanzará el calificativo de “el gran olvidado”. Los símbolos de su religión no los permitirán en ningún espacio público, aquellos mismos que desfilaron delante de Él, por la “carrera oficial”, pértiga en mano.    

Como las golondrinas de Bécquer, volverá la enseñanza religiosa a ser arrinconada en las aulas y de nuevo oficialmente y con el ademán de la soberbia como estandarte, se exhibirá, por los que ostentan cualquier tipo de poder, el concepto de agnosticismo ateísta, que no consideran posible la existencia de ninguna deidad. Y los modismos de la sociedad actual, vendrá a considerarlos como personas muy libres y progresistas.

Una gran mayoría de los que han abarrotado calles y plazas durante las fiestas, exhibirá la máscara de la prudencia, promulgando que son creyentes, pero no practicantes, es decir, reconocen tener un padre, pero no van nunca a visitarlo ¡y quieren seguir llamándose hijos¡

Y hay, aunque cada vez en cuantía más reducida, quienes como el centurión de los evangelios, no se consideran dignos de que Dios entre en su alma, pero creen en su palabra y la siguen fervientemente.

La negación de Pedro ha quedado reducida a una simple anécdota, frente a la argucia y vanidad que en la Semana Santa se exhibe.

Por los pasillos sin pavimento de la Residencia Celestial el Espíritu Supremo camina solo y sumido en sus pensamientos. Sus dos muertes  en la tierra, la del sufrimiento físico por la tortura a la que fue sometido y la del padecer psíquico por el abandono y la incredulidad de todos aquellos que le prometieron lealtad y veracidad a sus palabras, no parecen suficientes para modificar la conducta y perversión de la especie humana que él mismo fabricó y Sodoma y Gomorra, permanecen inalterables en el tiempo. Por primera vez Jesús, el hijo del Creador, piensa si se extralimitó o se equivocó - a pesar de ser Dios - al darnos como dádiva el libre albedrío o capacidad de pensar y actuar libre e independientemente.  Ha perdido la sonrisa, que tan sutilmente define la vida celestial y su quebranto, opacifica la luz de esperanza que siempre ha proyectado sobre la tierra. La evidencia de haber mostrado su cuerpo resucitado, no sólo se ha desvanecido, como niebla ante la luz indigente de los focos, sino que se ha negado por el ser humano, alentando la idea de resucitación (reanimar a los seres vivos en estado de muerte aparente) frente a la de resurrección (volver a la vida tras la muerte). Ausente, ha dejado de mostrarse a la diestra del Padre.

María, la Virgen Madre, que vivió la realidad del sufrimiento de su hijo, no se muestra ahora preocupada. Se ha acostumbrado como tanto años previos a esta situación triste y ansiosa de su hijo, a este Síndrome postcrucifixión, que tras la efeméride anual su hijo padece, pero es consciente de su pasajera duración y sabe que pronto su divino vástago, por muy brutal y maldito que el mundo sea - como se está demostrando en Ucrania - nunca lo abandonara. Siempre alentará la reconciliación aunque sea necesario un diario empecinamiento en reconquistar lo que nunca debió perderse en el Paraíso.

Parece una leyenda de abuelos, pero es la historia real que condicionan los adultos cuya doble faz, negacionista o vanidosa y aduladora, según convenga, tiene mucho que aprender del metal de las trompetas y la piel de los tambores, que siempre responden con notas agradables al soplo y el golpeo de quien los dirige y su fidelidad e inocencia nunca serán causa de ningún síndrome ansioso.

 

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