Lágrimas de callejón

Publicado: 02/12/2021
Autor

Víctor García-Rayo

El periodista Víctor García-Rayo es el presentador y director del programa La Pasión de 7TV Andalucía

La Pasión no acaba

Dedicado al alma de

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Se acercaron al escenario con esos uniformes flamantes que les identifican como “Arahal”, así sin más. Nada más y nada menos. Llevaban sus boinas, guantes...
Se acercaron al escenario con esos uniformes flamantes que les identifican como “Arahal”, así sin más. Nada más y nada menos. Llevaban sus boinas, los guantes, las liras y las flautas dulces, esas trompetas que suenan a Sevilla y un repertorio capaz de abrigar las décadas pasadas y darle sentido  a un hermoso futuro. Cornetas, tambores, los instrumentos de unos bajos poderosos y  la ilusión en las caras. David llevaba en los ojos la mirada de Manuel, su padre, y el músico de los platillos hacía pocas horas que había soltado la manguera del surtidor para surtir de notas al aire el sentimiento que yo vivía en la plaza de toros de Morón de la Frontera. Era día de fiesta y gozo, de Arahal en vena, de azul y negro, de música y viento, de sonido de toda la vida.

Unos llevaban el uniforme completo, otros completaban el atuendo con un respetuoso chaleco. Todos llevaban en sus miradas el compromiso con la música.  Los zapatos brillaban limpios a pesar del cielo nublado y eran del color de la sangre los mantolines de los cornetas. Había jóvenes y veteranos. Y respeto.

Vestían ese pantalón con su raya dorada, los lazos de las mujeres de la banda sujetaban sus hermosas cabelleras y los metales se disponían, una vez más, a llenar la brisa de Semana Santa.

Cuando sonó “Alma de Dios” cerré los ojos. Y recordé a la Hiniesta, a San Bernardo, a Montesión, a la Exaltación, al Buen Fin. Sonó a calzada y sonó a mi infancia. A discos de vinilo y tocadiscos, a incienso joven y delantal de la abuela. A Redención, a Guardia Civil, a música de siempre... a Manuel Rodríguez Ruiz.

Más de 40 años con el Cristo de la Buena Muerte. Más de una vida en aquellas notas musicales. Estaba sonando mi infancia. Entonces vi cómo un hombre a través del teléfono móvil retransmitía a un chaval - sentí que era su hijo- el concierto en directo mientras el joven permanecía en una cama, seguramente afectado por algo. ¡Mira, hijo, aquí los tienes ahora mismo tocando, los tuyos, tu banda! Y vi en los ojos del caballero el orgullo y la alegría, también la emoción. Y las botellitas de agua rodaban a los pies de los músicos de Santa María Magdalena mientras las lágrimas se desplazaban también por la cara de aquel hombre del teléfono móvil. Me metí en el callejón para ocultar mi emoción mientras sonaba Arahal en el coso y en mi pecho. Y me acordé de mi padre, y de la temperatura de su mano cuando me llevaba, siendo yo un niño, a la Hiniesta para que yo escuchara aquellos sonidos que a él le recordaban a la Guardia Civil.

El otro día, en Morón, sentí que la música de Santa María Magdalena de Arahal forma parte de la banda sonora de mi vida.

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